4- No me siento valiente
Llevo toda la vida escuchando lo mismo: qué valiente eres.
Y nunca me lo he creído del todo.

Mi terapeuta me preguntó hace poco: "¿Qué es, para ti, ser valiente?" Y la imagen que me vino fue la de una guerrera que, frente al peligro y la injusticia, se lanza sola, a fuerza de espada, a matar monstruos, y sobrevive.
Esa imagen no concuerda con cómo me veo a mí misma. No hay música épica, no hay una mujer mirando al horizonte sabiendo exactamente lo que hace.
Hay supervivencia. Hay un no había otra opción. Hay, si soy honesta, más miedo a la incertidumbre de cuándo van a venir los monstruos, que ganas de salir yo misma a buscarlos. Creo que esa es mi motivación real para enfrentar las cosas como las hago: no una espada en alto, sino no saber qué otra cosa hacer más que seguir de pie. Y seguramente no solo para la foto: no aguantaría ni un segundo con una espada forjada en hierro en alto, a menos que fuera de cartón.
Esa palabra me toca algo, sin embargo. Me molesta un poco, y durante mucho tiempo no supe bien por qué. Creo que empiezo a entender: cuando alguien me dice "qué valiente eres", una parte mía escucha, sin que nadie lo diga así, algo como "tú puedes con esto", "tú siempre puedes", "no necesitas nada de mí". Ahí aparece una idea vieja, conocida: que ese "valiente" puede ser una forma de alejarse. Que quizás mis circunstancias, en un momento dado, sean demasiado para los demás, y que por eso, sea lo que sea, tengo que resolverlo sola. Que pedir ayuda sería pedirle de más a alguien.
Eso es lo que se me queda dando vueltas cada vez que alguien me llama valiente: no la palabra en sí, sino lo que puede estar escondiendo, de los dos lados.
Necesitar, extrañar, y otro tipo de soledad
Me pregunto algo, cada vez con más frecuencia ahora que se acerca la operación: ¿a quién necesito de verdad, y a quién extraño sin necesitarlo? Creo que es la misma pregunta de fondo de todo este post, solo que disfrazada de otra manera.
Que haya sobrevivido muchas cosas no quiere decir que no tenga miedo. Que sepa sostenerme no quiere decir que no quiera que alguien esté cerca, o me pregunte si quiero ayuda. Que pueda hacerlo sola no quiere decir que prefiera hacerlo sola.
Cuando me hago esa pregunta de a quién necesito, la respuesta es esta: voy a necesitar a mis amigos, a mis amigas, a mi familia, a mi comunidad. Este proceso me lo viene mostrando desde hace semanas: son ellos los que me han sostenido. No he necesitado una pareja.
Pero, si soy completamente honesta, sí la he extrañado, por momentos sueltos. Que es distinto, creo. Puedo sola. Y aun así, la extraño: la compañía de alguien que esté ahí, sin darlo por sentado, pero sin tener que pedirlo cada vez.
El matiz se me hace cada vez más claro: extrañar no es lo mismo que necesitar. La línea puede ser confusa, muy fina, pero está ahí. Y sin embargo, sí es otro tipo de soledad.
Un tipo de estar sola que no conocía.
Me siento en paz, me siento cómoda, dentro de las posibilidades.
Cada día que pasa sin que el hospital me llame, por un lado respiro con alivio. Pero por otro, quiero sacarme esto de adentro lo antes posible.
Esta espera, aun así, me está dejando ver cosas tan bonitas, sentir cosas tan nuevas, que no sé cómo decirlo de otra forma: me está mostrando lo querida que soy, lo mucho que quiero a la gente que me está mostrando su cariño, su apoyo, su amor. Al mismo tiempo, me está enseñando a sostenerme yo misma, a soltar tantas cosas que pensé que eran imposibles de soltar.
Confío en que mi mente, mi espíritu, y el cariño que estoy recibiendo, me van a ayudar a pasar esto de la mejor manera.
Me doy cuenta de que esta distinción me importa justo ahora, en esta etapa que empiezo. Va a haber momentos en los que voy a NECESITAR, así, en mayúsculas, y otros en los que solo voy a extrañar. Necesito ir aclarándome yo misma cuándo es cada cosa, porque sé que las dos van a aparecer, y las voy a tener que nombrar en voz alta.
Lo que sí diré es que "necesitar" se convierte, para mí, en una pequeña trampa mental. Ahí aparece el miedo de que se cansen, de que dejen de querer estar.
Esa es la misma sombra que me sigue hasta el postoperatorio.
Lo que me da vueltas con el postoperatorio
Pensando en después de la operación, el dolor y la incomodidad me dan terror. No voy a fingir que soy heroica con el dolor: sé que no lo soy. Pero eso no es lo que más me asusta. Ni siquiera me asusta tanto depender físicamente de otros. Creo que es algo más viejo: necesitar algo, y ver en la cara de alguien que ese algo era demasiado para esa persona.
Mi terapeuta me dijo algo hace poco que me llegó hondo: "No va a ser un paseo por el campo, tu postoperatorio, Andrea. Nadie se la va a pasar bien. Y no es tu trabajo, ni depende de ti, que la gente que venga a cuidarte esté cómoda, o la pase bien."
Y tiene razón. Me va a doler hasta ir al baño. Me voy a sentir como un trapo. Va a ser incómodo, tanto para mí como para quienes me cuiden, porque a nadie le gusta ver a alguien que quiere en dolor, o mal.
Hay una parte mía que quiere ayudar, la que hace el café o el mate, que no quiere ser un problema, que quiere que la gente esté sostenida por mí más de lo que yo lo estoy por ellos. Una parte divertida, amable, tranquila, incluso ahora, a punto de entrar a una operación que va a doler, que me va a hacer depender de alguien por lo menos unas semanas. Esa parte está horrorizada con esa imagen.
Tendré que aprender a que la gente que venga a cuidarme sea, esté, y sienta lo que tenga que sentir. Esta vez me toca preocuparme solo por mí.
Son palabras que me cuesta escribir, incluso ahora.
De ahí me sale una pregunta que todavía no sé responder del todo: ¿puedo estar enferma sin, al mismo tiempo, encargarme de que todo el mundo esté cómodo con mi enfermedad? Si alguien está triste, está triste. Si alguien necesita descansar, necesita descansar.
Si un día tienen menos capacidad, van a tener menos capacidad. Quizás no tenga que ver conmigo. Y si tiene que ver, voy a tener que aprender a dejarlo estar, y que lo resuelvan ellos mismos.
Esta parte es muy vieja, la llevo conmigo desde que tengo memoria. Solo que ahora se hace mucho más visible, y veo el peso que me crea a mí, y lo molesto que puede llegar a ser para la gente cercana.
¡Diablos, se me están acumulando asignaturas! Y aseguro una cosa: ¡este curso no lo quiero repetir!
El control y lo que no puedo prever
Es otra cosa más para soltar. Soltamos, sobre todo, lo que no podemos cambiar. En este caso es el control, o mejor dicho, la necesidad de controlar lo que va a pasar: la previsibilidad, esa sensación, muchas veces falsa, de saber lo que viene.
Me doy cuenta de que este es el tema de fondo de todo este proceso, disfrazado cada vez de una forma distinta.
Por ejemplo: mi autosuficiencia nunca fue solamente independencia. Creo que a veces también fue una forma de saber qué esperar. Si lo hago yo, sé lo que va a pasar. Si dependo de otro, entra la incertidumbre: ¿va a venir mañana? ¿va a seguir queriendo venir dentro de una semana? ¿se va a cansar? ¿va a cambiar de opinión?
Me pregunto si no es tanto el cuidado lo que me cuesta recibir, sino la incertidumbre que viene con él. Claramente es algo que sigo procesando hasta el día de hoy, porque esto no es de ahora. Viene de experiencias pasadas, y algunas bastante recientes, que el cuerpo todavía está digiriendo.
Aunque siento que he ido soltando mucho el control, todavía me sorprendo con esto: solo me van a avisar de la operación entre cinco y siete días antes. Así que cada día que pasa sin que el hospital me llame, siento que tengo un día más para organizar cosas en casa, facturas, cartas. Mi lista ya es más larga que la de la compra semanal.
Hasta las herramientas más lindas
Después de años de terapia, de leer, de acompañar a otra gente, me doy cuenta de que a veces aparece otra exigencia, más callada que las anteriores: "ya deberías saber esto, y estar bien. Ya deberías haber aprendido a lidiar con esto."
Creo que en mi caso hay una capa más, que tiene que ver con ser terapeuta. Llevo años ayudando a otras personas a nombrar justo estas cosas: las partes que juzgan, las partes que necesitan, el soltar, la aceptación. Conozco el mapa de memoria. Esa misma familiaridad, en vez de ayudarme, a veces se me vuelve en contra: si sé todo esto, si acompaño a otros a atravesarlo, ¿por qué todavía me cuesta a mí? ¿Por qué sigo aquí, con esta misma pregunta dando vueltas?
Aprendí el lenguaje de todo este oficio, y lo uso cada semana con mis clientes. Hablamos de aceptar, de soltar, de tener compasión. Y a veces uso ese mismo vocabulario, el que uso para sostener a otros, para decirme a mí misma, sin darme cuenta, "¿todavía con esto? Tú deberías saber cómo se hace."
No creo que esto tenga que ver con mis habilidades como terapeuta, o con el tipo de terapia que hago. Veo los resultados, me lo dicen, los siento. Aprendí a confiar en que hago un buen trabajo. Pero lo que se me hace cada vez más claro es que hasta las herramientas más lindas, las más buenas, se pueden volver en mi contra si no me cuido. Ahí es donde entra eso de practicar lo que predico: me pillo, si me descuido, dejándome llevar por esas partes, esas voces internas, que critican con impaciencia. Quizás eso sea lo que estoy aprendiendo: que ser quien acompaña no me exime de necesitar que me acompañen a mí también.
A veces me encuentro hablándole al universo como si fuera una parte más de mí misma, confiando en el proceso, en que nada pasa porque sí.
En Compassionate Inquiry, Gabor Maté habla de las partes, a veces, como si fueran amigas un poco torpes: bienintencionadas, pero que no siempre aciertan. Para mí, en este caso, una de esas partes es el universo. Para otros, sería Dios. Ahí me encuentro negociando: "Okay, ya me tenés donde querías. Ahora necesito otra semana para organizarme un poco más, antes de que me dejes fuera de combate. Así que por favor, pedile a los dioses, a las estrellas, que le den las lecciones a otra persona por un rato, por favor."
Por suerte tengo gente muy buena a mi alrededor en estas indagaciones, como mi terapeuta, o mis amigas. Ellas me hacen ver, y me cuestionan, lo mismo que yo cuestiono a mis clientes. Esto, creo, es un trabajo interno que nunca termina para nadie.
No todo son descubrimientos mágicos
Desde que me dieron este diagnóstico de cáncer, no dejo de sorprenderme con todo lo lindo que va apareciendo: el cariño, el amor, el sostén, los descubrimientos sobre mí misma, mis propias reacciones, que muchas veces han sido mejores de lo que esperaba.
Aquí va de nuevo algo que ya vengo repitiendo: una cosa no saca la otra. Por un lado estoy intrigada, y de alguna manera sorprendida, con todo eso. Por otro, hay que hacerle espacio también al miedo y al enojo, que vienen cargados de capas distintas, de vivencias distintas, de gente distinta.
Lo siento en el cuerpo, y eso me molesta. Lo quiero fuera. Lo calmo con palabras y ejercicios de autorregulación. Y aun así, ahí sigue. No se va.
El trabajo está en dejarlo estar, y en encontrar alguna forma de sacarlo. Esas formas todavía las estoy explorando, y no las voy a compartir aquí. Pero sí puedo decir que están muy presentes últimamente, y que ese mismo ejercicio me incomoda. Y aun así, necesito, o quiero, afrontarlo de lleno antes de la operación.
Creo que la operación se convirtió en un punto de partida nuevo. Necesito dejar mis asuntos en orden conmigo misma, por lo menos, y con el resto de mis seres queridos si es posible. Suena dramático, pero creo que es el final de un ciclo. Se siente como un punto final de muchas cosas, y el punto de partida de otras tantas que todavía no conozco, y que claramente no controlo.
¿Y si empeoro después de la operación, y lo último que hice fue enojarme? ¿Y si la última memoria que tienen de mí es estar enojada, en vez de todo lo otro que siempre tuvo más valor para mí?
No sé. Son reflexiones que no van a ningún lado todavía. Solo quiero compartir que no todo es "descubrimiento mágico", como empecé a llamarle a todo lo lindo que va apareciendo.
No sé cuánto es demasiado para ti
No escribo esto porque no tenga filtros. Escribo intentando hablar desde donde estoy.
Sé que habrá quien piense que esto es demasiado íntimo. Otros pensarán que es valiente. A otros les va a incomodar. Otros van a llorar sin decirme nada.
Todavía no sé cuál es mi meta o mi parte en todo esto. Quizás sea, simplemente, seguir preguntándome si lo que escribo es verdadero para mí, y dejar que cada quien haga con estas palabras lo que pueda.
Sea como sea, todo lo que aparezca, o no, en cada uno, es bienvenido. Y si quieren compartirlo conmigo, eso también es bienvenido.
🎵 "Todo cambia", cantada por Mercedes Sosa.
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