5- Nada de lo que esperaba
Siempre creí que, si algún día me decían que tenía cáncer, iba a ceder. Que me iba a paralizar de miedo, que iba a tirar la toalla, de alguna manera. No sé por qué siempre pensé eso, pero le tenía mucho miedo a esa versión de mí.

Y de repente me encuentro con todo lo contrario. Tengo miedo, obviamente. Pero ese miedo no habita solo. Habita junto a otro tipo de fuerza que estoy descubriendo. Es un terreno nuevo, y estoy intrigada por ver qué más sale de ahí.
Si algo me está enseñando esto es que cualquier expectativa que yo pudiera haber tenido sobre mí misma era aire. No estaba basada en algo real, o en algo que pudiera prever o imaginar.
Lo mismo me pasó con el tema de la comunidad. Siempre pensé que la comunidad tenía que tener un formato específico, uno que yo no sentía tener del todo. Y resulta que la tengo. Está más latente que nunca. Me siento súper acogida, súper abrazada por toda esta gente, como ya conté antes.
La casa que se transforma
Mi casa se está transformando poco a poco delante de mis ojos.
Un amigo chileno, y todo un grupo de amigos de aquí en Holanda, han puesto horas para pintar, para estar. La casa se ha ido transformando a puro amor y risas. Todavía está todo patas arriba, y lo único que siento es entusiasmo: mucha emoción por todo este cariño que está poniendo la gente. Aunque muy agotada también. El cuerpo sigue dando de sí mientras pueda, y lo escucho.
Este amigo, sobre todo, ha sido uno de los pilares en esta transformación. Entendió enseguida, dijo "vamos, adelante", puso sus propios trabajos de lado, y le ha estado metiendo una energía enorme a este lugar. Los escucho todo el día, riéndose mientras trabajan sin parar: poniendo suelo, levantando una pared, pintando, moviendo cosas, cortando puertas.
No puedo ni empezar a explicar todo lo que dijimos que íbamos a hacer, para transformar y sacar esa energía que quizás había quedado del pasado que tiene esta casa, del tiempo con mi ex. Vivo en medio de un poco de caos en este momento, cajas y herramientas por todos lados. Pero vale la pena cada minuto, cada centímetro que pintamos.
En algún momento de estas semanas me dio un abrazo, y me dijo que me tenía presente en sus pensamientos mucho. Me dijo que se metió en esto de ayudarme porque vio en mí que me haría bien, que necesitaba enfocarme en algo así.
Me dijo: "cuando me dijiste toda la lista de cosas que querías hacer, te iba diciendo que sí a todo, porque te vi tan determinada que nadie te habría podido decir lo contrario en ese momento. Y el primer día que empezamos a trabajar, empecé a bajarte las expectativas, para que supieras que no íbamos a llegar ni a patadas a todo lo que querías hacer."
Se subió a mi tren, que iba a toda velocidad con todo lo que yo quería para la casa, para el tiempo que tenía, y ahora, mirándolo desde una pequeña distancia, para lo que creí necesitar en este tiempo de adaptarme. Me dejó estar. Y cuando vio la oportunidad, me fue bajando las expectativas poco a poco, sin dejar de hacerlo con cariño, con cuidado, y también con claridad y límites. Eso me dio claridad a mí también. No tuve que preocuparme por lo que ya había explorado en otras ocasiones: eso de ser demasiado, o de pedir demasiado. Me ayudó a asimilar, a transformarme, en este período. La casa y las expectativas se fueron adaptando conmigo. Él, sin saberlo, me fue ayudando en ese proceso.
Me dijo que todo esto también le había dado mucha energía a él. Y que me quería mucho, que todo lo que estaba pasando ahí era parte de lo que somos, de lo que invertimos y dimos cuando nos conocimos, y que todo este grupo de gente está ahí porque me quiere, y porque están conmigo, hasta el final.
Me emocionó muchísimo escuchar eso.
Hay otro amigo, muy querido también, que ha sido un pilar de otra manera: la intensidad con la que me ha estado ayudando, a veces hasta bien entrada la noche, moviendo cosas, decorando, limpiando, y sobre todo acompañándome mucho en estas semanas. Me dio el entusiasmo, la compañía, la energía de ir viendo cada cambio con valentía, y mucho cariño, para que yo no estuviera sola en los momentos clave. Se fue ofreciendo a medida que iba viendo, igual que yo, que estaba disfrutando de ayudarme con este proceso en la casa.
Y después está el resto de mis amigos, que fueron viniendo a poner horas, o días sueltos, como podían. Y todavía pueden, hasta el día de hoy.
El fin de semana pasado, en particular, fue especialmente lindo. El sábado salí a caminar con una amiga, para charlar y moverme un poco, y esa misma tarde llegó un amigo a ayudarme con los muebles y a pintar. El domingo se sumó otro amigo, y de la nada, sin que nadie se lo pidiera, también apareció la compañera de piso de este último, a darnos una mano con la pintura un par de horas. Así fue toda la casa esos dos días: gente entrando y saliendo, cada uno con las manos ocupadas en algo, sin que yo tuviera que pedir nada.
Fue muy lindo sentir que la transformación de la casa también me está transformando a mí. Está ayudándome a construir esta parte que necesitaba: mi hogar, con mi gente, con la gente que me quiere, poniendo cada uno una gota de lo que puede, a su manera.
Quiero honrar a estas personas, y a todas las que le pusieron tanta garra, tanta energía, tanto amor. Me están dando muchísima fuerza.
Lo que estoy aprendiendo aquí no tiene tanto que ver con el color, o la forma. Tiene que ver con hacerlo con este grupo de gente: con que se hayan ofrecido así, con que estén tan involucrados, entendiendo por qué lo hago. Eso ha sido mágico: no tener casi ni que explicarla.
Hay gente que me dice, directamente, que estoy como una cabra: cómo me voy a poner a dar vuelta como un calcetín mi casa ahora, con una operación en camino, recién con un diagnóstico de cáncer. Y creo que es justo eso lo que me da más fuerza para hacerlo. Saber que voy a volver a un lugar lleno de este cariño, de este calor, aunque no esté terminado, me da igual. Me hace saber que voy a entrar a ese quirófano pronto, y que cuando salga, voy a tener mi lugar: un lugar donde pueda entrar toda esta gente que me ha estado ayudando, donde pueda reír con ellos, donde pueda sanar con ellos.
Sanar, al fin y al cabo, duele. Nadie dijo que iba a ser un paseo por el campo. Duele dejar pasar las emociones que aparecen, como el enojo, o la tristeza.
Pero mientras escribo esto, me doy cuenta de que pongo el énfasis en la palabra "dejar pasar", que indica algo que claramente pasa. Un final. Un liberarse.
Y hay algo distinto en cómo estoy sanando esta vez. Me quiero cuidar yo. Nunca he sido alguien poco sana, todo lo contrario, pero esto es distinto a lo que me hubiera imaginado.
Si me llevo algo de este último año y medio, y de esta enfermedad, es que sanar, por más que sea jodido, sigue siendo un proceso natural. Y aunque en muchos casos quiera escaparme, esconderme, como todos, poder mirar esto de frente me da espacio: espacio para no saber, para darme ese margen de simplemente sentirlo, sin más. Es lo que es, punto. Sin tener que reparar nada, sin tener que justificar nada, sin tener que defender nada. Y tomándome el tiempo de verdad para sentir cada cosa, y para reflexionar, sola y con ayuda. No creo haber tenido nunca esta paz interna. Pero la estoy teniendo ahora. Todavía no sé bien cómo expresarla. La estoy descubriendo.
Y no es solo la casa la que se está reordenando estas semanas. Mi trabajo también.
Despedirme, poco a poco
Ayer tuve una sesión con una clienta que no veía hacía cuatro o cinco semanas. Sabía que me iba a dar cosa explicárselo. Es terapeuta somática, lleva conmigo un año, y tengo una cercanía muy particular con ella.
Antes de empezar, le dije que tenía que contarle algo: que posiblemente mi agenda se cerrara por el diagnóstico, por la operación que me van a hacer, y que no sabía hasta cuándo se iba a volver a abrir. Se le salieron las lágrimas enseguida. Y a mí también.
Ella me dijo que sabe que es muy de contacto físico, que se sentía contenida en el espacio que tenemos juntas, a pesar de ser solo online. Y que no saber qué me va a pasar, si voy a estar bien, le dolía.
Nos quedamos ahí un rato, las dos llorando juntas. Después empezamos a bromear, y ahí pudimos hacer un cambio: pude sostenerla en lo que ella venía a traer a la sesión.
Lo primero que le dije, cuando se puso a llorar, fue: "sabía que a ti me iba a costar contártelo." Fue una especie de reconocimiento mutuo de lo que había ahí, de esa sensación que las dos teníamos. Le dije que si necesitaba hablar con alguien mientras yo no estuviera, le podía dar nombres. Me dijo que no, que iba a aguantar las semanas que fueran. Me dijo: "lo que pasa es que me preocupo por ti ahora."
Fue muy lindo, muy amoroso, y me enterneció mucho. Me di cuenta, ahí, de lo que también me está costando a mí decirles adiós a mis clientes. Después de acompañarlos, a algunos más tiempo que a otros, les tengo mucho cariño a cada uno. Y también tengo que soltar la preocupación por ellos, y confiar en que van a estar bien, o en que van a poder pedir la ayuda que necesiten si llega el caso.
Esto se repite, de otras formas, con cada cliente al que le voy contando. No todos lloran conmigo como ella. Algunos se ponen prácticos enseguida, me preguntan fechas, me ofrecen nombres de colegas por si necesito cubrirme yo. Pero en cada despedida hay algo parecido: ese mismo reconocimiento de que la relación importó, aunque cada uno lo muestre a su manera. En algunos casos los derivo. En otros, solo les explico lo que va a pasar.
Me han dado su apoyo total, lo cual también conmueve mucho de ver: que desde ese lugar donde yo soy la terapeuta, donde ellos vienen a que yo les dé sostén emocional, puedan salirse un momento de ese rol y decirme, espera, quiero apoyarte yo a ti. Me han demostrado lo agradecidos que están, lo bien que les ha hecho mis sesiones, mi presencia. Es una satisfacción enorme ver hacia dónde me está llevando este camino que empecé hace unos años.
No sé si es cierto, pero creo que en mis sesiones tengo una claridad que antes quizás no tenía. Me doy cuenta de que sostengo a mis clientes distinto, quizás con más honestidad, sin tanto miedo, con mucha más calma. Aunque en realidad estoy asumiendo algo. Esto es lo que a mí me pasa en las sesiones, no necesariamente lo que mis clientes sienten. Esa es una pregunta que queda abierta.
Todas estas despedidas se aceleraron de golpe hace unos días, con una llamada.
La fecha
Ya me dieron fecha para la operación: el 28 de septiembre. Quiero, por lo menos, seguir escribiendo esta semana, y creo que la otra también, antes de entrar en el quirófano. Después no sé cómo voy a estar.
La noticia me entró fuerte. Y lo curioso es que no lo sentí del todo hasta minutos después, cuando ya estaba al teléfono con una amiga, coordinando quién viene primero, quién viene después. De repente estaba en modo producción total, resolviendo logística, como si ordenar bien la agenda pudiera ordenar también todo lo demás.
Fue ella la que me hizo aterrizar. Me dijo, casi de pasada: "¿te habías olvidado, no, de que tenías cáncer?" Me quedé pensando. No es que me hubiera olvidado. Es que estas semanas he estado tan ocupada, tan llena de energía haciendo todo esto, recibiendo tanto cariño, tanto apoyo, tanta luz, que en cierto modo he estado flotando en ella. La luz que venía de todos lados, y la que también me salía de adentro.
Una amiga desde Ecuador me escribió hace poco: "El cuerpo es sabio. Los síntomas son mensajeros de lo que necesitamos." Me dijo que veía en mí a una mujer que pasó por mucho, y que eso, lo que fue, ya pasó.
No sé si esto está probado al cien por ciento, médicamente. Pero mi trabajo con las ideas de Gabor Maté, junto con las de Bessel van der Kolk, se basa justo en este concepto: que el cuerpo lleva la cuenta, y que a veces aparecen enfermedades por emociones y dolores que no se trabajaron. No quiero explayarme en esto ahora, pero sí quiero decir que lo que mi amiga me reflejó tenía sentido para mí.
Lo que más me gustó de lo que dijo fue esto: que pasé mucho dolor, que fue mucho para mí, y que mi cuerpo ya está sanado en el momento en que saca todo eso afuera, en forma de cáncer, de un tumor, algo que ahora se puede extraer.
Eso, de alguna manera, ya es sanar, solo que necesita ayuda. Esa ayuda es la cirugía: va a sacar lo último de ese dolor, y aunque duela un tiempo físicamente, sobre todo al inicio, lo más difícil ya habrá pasado.
Parte de la preparación de estas semanas fue también averiguar cómo escribir un papel para que tenga validez, una especie de testamento, hecho a mano, sin tener que gastar dinero en algo así ahora mismo. No tengo nada muy complicado que dejar atrás, pero sé que tengo que dejarlo explicado. Antes tenía todo esto atado, resuelto legalmente, pero con el divorcio vino tanto desbarajuste que esta parte todavía no había llegado a resolverse. De repente ahora se vuelve real, y necesaria. Sé que probablemente no haga falta. Pero es parte de prepararme. No quiero dejarles a mis seres queridos, y sobre todo a mi hijo, el trabajo de no saber qué hacer con las cosas, con todo el papeleo burocrático que forma parte de este entresijo en el que vivimos.
Si tengo que resumir estas semanas, diría esto: han sido intensas, y fuertes. Hubo miedo, hubo pena, hubo enojo, hubo aceptación, hubo agotamiento, hubo frustración, hubo dolor físico y otro tipo de dolor. Pero sobre todo, hubo amor, risas, cuidado. Y esa es la parte que más se queda: todo esto y más, con lo que se llenó esta casa, y con lo que me estoy llenando yo.
La semana que viene va a ser un día antes de la operación. Tengo curiosidad por saber qué me va a traer estar tan cerca de lo inminente, de lo inapelable.
Nada de esto era lo que esperaba. Ni la casa llena de gente pintando paredes, ni una clienta preocupándose por mí en vez de al revés, ni esta fecha exacta que ahora tengo escrita en algún lado. Cuando empezó todo esto, no tenía ni idea de que así se iba a sentir.
🎵 "Betun", de Anna Rossi.
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