7- Desde el otro lado
Les dije que les vería cuando esto terminara y estuviera en el otro lado. Bueno: aquí estoy. Les cuento cómo fue la operación, los días en el hospital y esta primera semana en casa.

Antes de entrar
Casi no dormí. Dos horitas, y gracias. El resto de la noche agoté a ChatGPT a preguntas: qué podía comer, cómo iba a ser el dolor, cuántos días, qué porcentajes. Preguntas y más preguntas, como si con suficientes datos pudiera controlar lo que venía.
Por la mañana me duché y me preparé con mi tía. A las 6:20 vino a buscarnos mi amiga. En la puerta nos dimos un abrazo larguísimo. Me podría haber quedado ahí.
A las 7 estábamos en el hospital, y la operación era a las 8. Mi cuerpo estaba tan nervioso como el día del diagnóstico. Me sacaron sangre, me dieron una pastilla para relajarme y para el dolor, y todo fue pasando muy rápido. Casi no hubo tiempo para pensar, y eso fue algo bueno.
La habitación de preoperatorio
Allí, mi amiga se acostó a mi lado en la cama y me abrazó. Y entre sus brazos me puse a llorar. Lloraba sabiendo que, a partir de ese momento, me tenía que entregar del todo.
Me vino a la mente la última vez que había estado en una habitación como esa, en ese mismo hospital. Fue en 2019, cuando me sacaron un tumor benigno de la glándula salival.
Esa vez, quien se tumbó conmigo y, mientras yo estaba apoyada en su pecho, me contó historias para distraerme y ayudarme a estar tranquila, fue mi último ex marido. Ahí, en esa cama, y después de tanto dolor, me di cuenta de que todo aquello se sentía muy lejano, como si hubiera sido una película. Como si hubiera pasado en un universo paralelo, y no en esta vida.
Esta vez era mi amiga quien me acompañaba, y pude soltar y dejarme llevar por todo lo que apareció: miedo, duelo, tristeza, aturdimiento. Creo que tiene algo de liberador poder sentir tantas cosas a la vez, y haber aprendido a hacerlo sin entrar en pánico: sostenerlas, reconocer cada una en su espacio en el cuerpo.
Antes, todo eso habría sido una bola: de barro, de piedra, una masa imposible de describir, en la que no sabía qué era qué. Y con esa bola dentro, lo que me esperaba era desconectarme o desbordarme.
Todo estaba ahí, pero descubrí que en estos últimos años había aprendido a distinguirlo. Sé reconocer esa bola, ver dónde aparece en el cuerpo, desenredar toda esa maraña caótica de emociones, darle espacio y no huir de ella. Eso es lo que más me ha ayudado de mi camino con Compassionate Inquiry. Y eso me da tranquilidad.
Hay corrientes, como la biodescodificación, que leen el útero como el nido, el hogar, y lo relacionan con una pérdida, real o simbólica, dentro de ese hogar. No lo tomo como una explicación de por qué enfermé, pero como imagen me habla. Estaba a punto de despedirme de ese nido, y que justo entonces apareciera la imagen de mi último ex marido, como de otro planeta, para mí es simbólico. Era como una despedida de ese mundo, de todo aquello que ya no estaba: la última imagen cercana de algo que fue y que nunca más será. Y, en mi lectura, con lo que me iban a sacar se iría también todo el dolor que no tuvo otro lugar adonde ir más que ahí, dejando espacio para lo nuevo.
Me vinieron a buscar en medio de todas esas reflexiones, lágrimas y emociones, y cuando me llevaban al quirófano, pude darle un abrazo a mi tía.
Hospital Greatest Hits
En el quirófano me recibió un chico muy amable. Me preguntó si prefería música o conversación. Elegí distracción: que me preguntaran cosas, que me hablaran. Creía que así iba a estar más presente, más viva. Una idea loca, pero fue lo que me salió.
Fueron presentándose unas cinco personas más del equipo. Alguien me preguntó: "¿De dónde eres?". Le dije que de Argentina. La médica, una holandesa que había vivido allí, me contestó en castellano con acento argentino, y me ofreció poner música de allá. "¿Calamaro?", me dijo.
Les conté que tenía una lista colaborativa que se llamaba "Hospital Greatest Hits". Toda la sala se rio.
Me pusieron la inyección, y la música arrancó con "Cuando", la canción con la que cerré mi post anterior, de Luna Monti y Juan Quintero. Antes de dormirme, por puro azar, sonó "Al otro lado del río", de Jorge Drexler. Me fui así, con esas dos.
Al otro lado
La operación duró más de lo previsto. Fue por laparoscopia e histeroscopia, con robot. Sin abrirme, sin cicatrices, sin cortes de más.
Había un 75% de probabilidades de que tuvieran que hacerme un corte como el de una cesárea. Habría sido en el mismo lugar donde me cortaron hace 22 años, cuando nació mi hijo, en una cicatriz que ya casi no se ve. La médica esperaba complicaciones. No hubo ninguna.
Yo creo que el mismísimo diablo, si tenía intención de hacer que algo fuese mal, se asustó de tanta luz, tanto amor, tantos rezos, velitas, altares y tanta buena energía.
Me costó despertar: me explicaron que reaccioné fuerte a la anestesia. Recién hacia las 2:30 de la tarde empecé a abrir los ojos, y pasé el resto del día entre nubes, dormitando diez o quince minutos y volviendo.
Mi tía estuvo a mi lado, y mi hijo se quedó un buen rato. También volvió la misma amiga que me había llevado, para darme un abrazo de bienvenida. Mi primer ex marido pasó a verme y después llevó a mi tía a casa. Mientras tanto, el teléfono no paraba: mensajes, fotos del altar, cantos, buenos deseos. Todo eso me llegó hasta la cama del hospital, y me sentí extremadamente acompañada, querida y sostenida.
El baile de las morfinas
El primer día no quise morfina, ni hacía falta: me habían puesto tantas cosas durante la operación. Por la noche el dolor fue subiendo, y de madrugada tuve que dejar que me pusieran una inyección. A partir de ahí empezó el baile de las morfinas.
Por la mañana, en el primer turno, a las 6, me dieron una pastilla de larga duración, que mi cuerpo aceptaba. Como no alcanzaba, me dieron además otra de corta duración. Esa ya la había probado después de la operación de 2019, y me había sentado muy mal. Lo avisé, dije que no estaba segura de que me ayudara. Pero cuando te dejas ir y confías, dejas de cuestionar. Y eso hice: ¿quién era yo para dudar de los profesionales, de los que sabían y querían mi bien?
Apenas la tomé, me sentí mal, mareada, y el dolor no se iba. Mi cuerpo intentaba acomodarse a todo esto nuevo, y con la morfina las sensaciones estaban tan difuminadas que no conseguía conectar con él.
Me dijeron que caminar hasta el baño me haría bien, que me ayudaría a recuperarme pronto y a poder irme a casa. Así que, a pesar del dolor que sentía cada vez que me arrastraba con el palo de los sueros, agachada como una viejita de 80 años, me forcé. Había aparecido en mí la niña buena, obediente, la alumna que hace lo que le dicen, y con el aturdimiento no la vi hasta mucho más tarde, cuando el dolor, el día y el proceso ya habían avanzado.
Con tantos narcóticos, hacer pis se volvió complicado, y dolía mucho. Además, parecía que mi cuerpo se bloqueaba y no me dejaba vaciar la vejiga, así que esos viajes al baño eran cada vez más seguidos y más dolorosos.
Llegaron a querer ponerme una sonda y no dejarme levantar más, por el mareo: desmayarme en el baño habría sido un problema grande. En ese momento pude conectar con mi cuerpo, con mi necesidad de entender el dolor, y me negué a más cosas. Pude hacer pis en un asiento con una cuña al lado de la cama, sin tener que hacer el esfuerzo de llegar al baño. Eso le permitió a mi cuerpo relajarse, y por fin pude vaciarme del todo. El dolor se fue.
Entonces vi a esa niña, y entendí que debo seguir mi ritmo. Eso me hizo volver a mí, y retomar las riendas.
Las tres de la mañana
Esa noche me dijeron que me darían otra morfina que podía irme mejor. Me dormí por fin sin dolor, con la música de la lista.
A las 3 de la mañana me desperté con palpitaciones, sudores, cosquilleos en el brazo y el pecho. Llamé a la enfermera, y en dos minutos tenía a cuatro médicos poniéndome parches para hacerme un electrocardiograma. Me asusté. Mientras el médico me hablaba de lo que podía ser y me hacía preguntas, vomité. Y con eso, el alma me volvió al cuerpo.
Desde entonces pude recuperar mi autonomía. Dije que no quería más: ni morfinas ni nada. Necesitaba sentir, y empezar a indagar qué me estaba diciendo el cuerpo. Por la mañana, habiendo aceptado que el dolor era llevadero y que no iba a querer taparlo a toda costa, pude irme a casa con paracetamol e ibuprofeno, con la condición, claro, de volver si dolía demasiado.
La primera semana
Ya pasó mi primera semana en casa. Y ha sido una semana interesante. Noto mi voz más firme, de alguna manera, y tengo claridad en algunas cosas.
Siento mucha conexión con el cuerpo. Todas las sensaciones son nuevas: los primeros días las observaba con miedo, y ahora, más con curiosidad.
¿Duele? Sí. ¿Puedo manejarlo? Sí. ¿Es incómodo? Absolutamente. Aun así, ya me ducho, y hago pequeños paseos al baño y de vuelta a la cama.
En el último post antes de la operación les hablé del vacío que creí que iba a quedar. Todavía no lo hay. Hay espacio, que para mí es distinto. Hay un dolor de adaptación. Y sí, también hay miedo de lo que me van a decir.
Estuve emocional, y también agotada. Pasaron algunas cosas familiares, y creo que el universo me volvió a poner delante de la misma pregunta: cómo elegirme, cómo cuidarme. Mis límites, la comunicación, cómo los manejo.
Una cosa sí tengo que decir: creo que el universo ya se está yendo de mambo. No me da un respiro, no me da tiempo de asimilar una cosa que ya me cae otra encima. En serio, ¿con qué manager o CEO tengo que hablar para que me den una pausa?
Mi primera cuidadora, mi tía, ya se fue, y llegó la segunda: mi amiga de Suiza. Tuve bastantes visitas durante la semana y el fin de semana, y ahora noto el cuerpo un poco más cansado. Es algo que la ginecóloga ya me había avisado que pasaría.
Lo que también quiero dejar dicho es lo lleno que tengo el corazón, y todo mi ser, de la gente que vino, que me cuidó, que me trajo flores, que me mandó mensajes hermosos, paquetitos de medicina antroposófica, de hierbas, de música, de contención. Gracias. A cada uno de ustedes.
Fase 1 terminada. Ahora toca recuperarme, y entraremos en la fase 2.
Hasta aquí, mis queridos amigos. Espero tener buenas noticias en el siguiente post, pero sea lo que sea, lo atravesaremos.
Les dejo con esta canción, la última que oí antes de quedarme dormida en el quirófano.
🎵 "Al otro lado del río", de Jorge Drexler.
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