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2- Cómo llegó el diagnóstico de cáncer

  • hace 1 día
  • 9 min de lectura

Actualizado: hace 11 horas

No voy a mentir y decir que no estoy asustada y que no tengo momentos en los que se me cae el alma al suelo de pensar en esto nuevo que me pusieron los dioses, el universo o el destino, según tus preferencias.

Voy a contar un poco de mi historia, por lo menos de estos últimos dos años.



El año que lo preparó todo

Vengo de un año bestia. Para quien me conoce y ha estado cerca estos últimos dos o tres años, o incluso solo este último año y medio, no es ninguna sorpresa: divorcio, una separación con cosas muy feas que fueron saliendo por el camino, de las que no voy a hablar aquí porque no viene al caso y que, además, ya estoy escribiendo en otro lado.

Lo que sí viene al caso es que volví a Ámsterdam, a afianzarme otra vez en esta casa que había sido nuestra, cargando cajas de una vida que llevaba un año entero guardada en España. Al mismo tiempo estaba peleando una batalla intensa para sacar mi negocio adelante, para poder seguir trabajando en lo que amo, con Compassionate Inquiry, con mis clientes, que me daban tanta vida como energía me quitaban los trámites de la separación. Y encima estaban los temas con mi hijo, que no fueron pocos.

Mi cuerpo hizo lo que sabe hacer cuando la vida te trae todo de golpe: desconectó. Desconectó la preocupación por mí, el cuidado de mí, porque en ese momento sobrevivir era lo único importante.


El carrusel médico

En medio de todo eso empecé a tener sangrados fuera de mi regla. Ya había tenido mi período con normalidad, así que hasta ese momento no había entrado en la perimenopausia ni en la menopausia. Pero cuando sacaba el tema con amigas o incluso con la doctora, es a lo que le echábamos la culpa.

Fueron dos o tres meses así. Yo, que llevo toda la vida con anemia, la reconozco enseguida: cuando estoy mal, voy al médico, me dan pastillas y vuelvo a subir un rato. Nunca se supo por qué la tengo. Asumí que era simplemente parte de lo que me tocó.

Pero esta vez fue distinto. Empecé a notar que me faltaba el aire al caminar una sola calle o hacer un mínimo esfuerzo. Reconocí el síntoma enseguida: anemia.

Fui al médico, me hicieron un análisis de sangre como siempre y ese mismo día me llamaron. Aquí en Holanda no suelen alterarse demasiado rápido, así que una llamada el mismo día ya me decía algo.

La doctora me dijo, literalmente, que no entendía cómo estaba de pie con los valores que tenía. Mi ferritina, el almacén de hierro del cuerpo, estaba en seis, cuando debería andar entre noventa y ciento veinte. Mis glóbulos rojos estaban en cuatro, cuando lo normal ronda el nueve.

No sé de dónde sacaba fuerzas para caminar, pero aquello me dio mucha información. Y también me asustó darme cuenta de lo desconectada que había estado de mi cuerpo para no haber frenado antes.

Me derivaron al ginecólogo. Como venía de estar en España, había ido dos años y medio atrás. Me dijo que debían ser miomas, algo que yo ya sabía y que no era grave ni cancerígeno. Dos años atrás, cuando me lo habían revisado, tampoco parecía importante.

Podía haber también pólipos, aunque no los veía bien en la ecografía, así que la idea era entrar a mirar y, si había, sacarlos sin más. Pero para eso necesitaba sedarme y, con los valores de hierro y glóbulos rojos tan bajos, no podían hacerlo con seguridad.

Había que subir el hierro primero. Me dieron más hierro a ver si reaccionaba y, como no subía, terminé necesitando una transfusión de hierro en vena.

Dicen que una transfusión no te hace nada. La verdad es que pasé como una semana hecha un trapo. Al fin y al cabo es una invasión al cuerpo por un rato, aunque después te haga bien.

Teníamos que esperar unas seis semanas para que hiciera efecto y los glóbulos rojos se recuperaran. Mientras tanto me dieron progesterona para frenar el sangrado, pero yo seguía sangrando.

Pasaron esas seis semanas hasta que finalmente me hicieron el procedimiento para sacar los posibles pólipos y el mioma, si se podía.

Cuando desperté, la doctora me dijo que había más pólipos de los que había pensado y que además eran grandes, pero que eso no quería decir nada. Como protocolo, se iban a mandar a biopsia junto con el tejido del endometrio, del cual habían tenido que hacerme un raspado completo en vez de algo mínimo.

No me preocupé, porque tampoco la ginecóloga parecía preocupada. Creí que ya había pasado lo peor y que ahora podría recuperarme y volver a mi vida.

En ese momento no sentía miedo, o no el miedo obvio.

Si me preocupaba algo era, sobre todo, lo práctico: quería tener energía para volver al ruedo, para seguir funcionando, siendo autónoma, con clientes, con todo lo que había construido a fuerza de trabajo estos últimos tres años.

Me dieron cita para verme a fin de agosto. Estábamos a tres.

No había apuro, me dijeron.


La llamada del 10 de agosto

El diez de agosto me llamó el hospital. La doctora quería verme pasado mañana.

Ahí se encienden todas las alarmas.

Yo estaba rodeada de cajas, con un camión lleno de todas mis cosas que no había visto en un año, descargando en un guardamuebles, cuando llegó esa llamada.

Le pregunté a la asistente directamente: en Holanda no llaman así, sin más, y menos te citan antes de tiempo si no hay nada. Necesito saber si tengo que llevar a alguien conmigo, porque eso significa que hay malas noticias.

Fue a preguntar.

Volvió y me dijo que sí, que llevara a alguien, que eran malas noticias y que, ya que lo sabía, fuera al día siguiente.

Lo primero que hice fue llamar a mi amiga, que también es la mujer de mi primer marido. Ellos dos han sido de las personas que me han estado apoyando muy de cerca este último año y medio desde mi separación. Ella no estaba, atendió él. Le conté y me dijo que no me preocupara, que al día siguiente iban los dos conmigo.

No recuerdo cómo llegué a mi casa esa tarde. En serio, no me acuerdo del trayecto.

Era como estar en otra dimensión.

Y cuando llegué, en esa casa de la que además ya estaba intentando mudarme porque me pesaban demasiado los recuerdos, sentí un vacío enorme. No sabía si sentarme, pararme, o llamar a alguien. Todo se sentía muy ajeno todavía, como si la información no hubiese terminado de llegar a mi cuerpo. Estaba flotando. No lo sentía real del todo.

Llamé a mi hermana, para contarle que me habían llamado del hospital. Fue apenas eso: avisarle.

Cuando conseguí regularme un poco, me vino una ola de impotencia y aceptación. Era un: "Ok. Una más en esta cuenta".

Porque cuando te dicen algo así, en realidad todavía no te lo han dicho, pero ya lo sabes. Ya está. Te han hecho una biopsia, hay malas noticias, no hace falta que te digan más.

Esa noche intenté buscar respuestas con mi gran amigo ChatGPT, con Google, con cualquiera que pudiera saber algo. La verdad es que no podía hablar del tema con casi nadie más. El shock me tenía paralizada o muda.

Sin poder dormir, terminé chateando hasta tarde con un amigo de mi padre en Argentina que me ha estado acompañando en la aventura de escribir un libro este último año.

Me hizo bien no estar sola escuchando esa noticia por dentro.

Creo que ahí también estaba el golpe: darme cuenta de que en ese momento estaba sola con algo así, sin un abrazo cerca, sin nadie al lado. El divorcio, la separación, de repente se volvieron muy reales, muy concretos. Y trajeron otra capa de duelo y pena en ese momento.


El diagnóstico

Al día siguiente fuimos al hospital.

Me dijeron que tenía cáncer de útero, grado uno, que dentro de todos los cánceres posibles es de los mejores que se pueden tener, aunque eso no se confirma del todo hasta que no saquen el útero y lo analicen a fondo.

No solo el útero. También había que sacar los ovarios, porque este tipo de cáncer es sensible a las hormonas y el riesgo de que vuelva a crecer es demasiado alto como para dejarlos. Así que entraré directamente en lo que llaman menopausia quirúrgica.

Me derivaron al AVL, el hospital especializado en cáncer aquí en Ámsterdam.

Ahí fue otra capa más en la que entendí que la cosa iba en serio.

Al día siguiente me llamaron para darme cita con la nueva ginecóloga, apenas unos diez días después en total.

Y empezó el carrusel médico.

Estos son los hechos que sé en este momento: me operan en menos de tres o cuatro semanas. Hasta que no saquen el útero y hagan la disección no van a saber qué tan profundo llegó y, por lo tanto, cuál es el estadio real del cáncer.

En principio, con el grado uno que tengo, sacar el útero y los ovarios debería resolverlo todo sin necesidad de quimioterapia, pero eso no se sabrá con certeza hasta después de la operación y el análisis.

Otro dato es que no puedo recibir terapia de reemplazo hormonal una vez extirpados los ovarios para calmar un poco los efectos de la menopausia inminente, porque mi cáncer es sensible a las hormonas.

Así que la menopausia me llega de golpe y sin nada que la suavice.

Hasta ahí, los hechos.


La montaña rusa

Ha sido una montaña rusa. Sé que es un cliché, pero no encuentro otra forma de decirlo. Hay momentos en los que siento una calma real, una especie de rendirme, no como quien pierde una batalla, sino como entregarme a lo que tenga que venir.

Creo que esa ha sido la gran lección de este último año y medio: soltar. No aferrarme a las cosas, no aferrarme a la gente, no aferrarme a los sueños. Soltar con confianza porque es lo que hace falta en ese momento.

Y que quede claro: esto no significa que no vaya a pelear si hay que pelear en otro nivel. Pero por ahora no puedo hacer mucho más. Y, curiosamente, eso también trae algo de paz.

Hasta ahí llego por ahora con los hechos. Pero hay algo más que apareció casi de inmediato, y que no tiene que ver con la enfermedad en sí.


Dejarse querer

Cuando la doctora me preguntó qué sentía, qué estaba pensando al escuchar todo esto, yo tenía a mi primer marido de un lado y a su mujer del otro, los dos agarrándome de la mano. Me puse a llorar. Y lo primero que me salió no fue sobre la enfermedad. Fue: no quiero tener que molestar a nadie. No quiero ser una carga para nadie. Y lo voy a ser.

Lo dije, lo anoté, lo lloré ahí mismo. Ellos me agarraron más fuerte de la mano y me dijeron que no me preocupara, que ya íbamos a organizarlo, que iban a armar un grupo de gente para lo que hiciera falta.

Me sorprendió reconocerlo tan rápido en mí misma. La doctora me había dicho que iba a necesitar entre tres y seis meses de recuperación, cansada, necesitando gente, sobre todo en las primeras semanas después de la operación, hasta en lo más práctico. Y mi primera reacción no fue el miedo a la enfermedad. Fue el miedo a depender.

Tengo esto tan metido en el cuerpo, tan programado, que no quiero molestar, que no quiero ser una pesadez para nadie. Vengo de ahí, de un trauma que ya he trabajado, que tengo masticado, que puedo nombrar con claridad. Y aun así, sigue apareciendo. Y cuando aparece, me sigue sorprendiendo, aunque ahora puedo verlo de otra manera: sin hundirme, sin esconderlo. No quiere decir que no entre en pánico en algunos momentos, porque he entrado en pánico varias veces estas semanas. Pero he sido muy bien acogida.

Y esto tiene que ver con algo que vengo notando en la gente que me rodea: dejarse cuidar es algo que nunca he sabido hacer del todo. Lo he deseado siempre, pero nunca fue algo a lo que pudiera soltarme sin más, porque mis experiencias en la vida fueron distintas.

Y no es solo el pasado más lejano. La última persona en la que confié así, del todo, fue mi último marido, y esa confianza terminó de la peor manera. Ese tipo de situaciones hacen que esas creencias que llevo dentro, las mismas que tanto trabajé para poder abrirme como lo hice con él, se afiancen todavía más. Y por dentro te dicen: ¿lo ves? No tenías que haber confiado. ¿Lo ves? No te quieren si confías y te abres.

Y no puedo evitar sentir que el universo me vuelve a poner la misma prueba delante, pero en otro formato: ya no es una persona, ahora es mi propio cuerpo, mi propia comunidad, la que me pide que confíe de nuevo.

Darme cuenta de esto ahora, en una situación que no puedo cambiar, en la que necesito la ayuda, confirma algo que ya había empezado a entender esa noche con mi hermano: que dejarse querer no es solo recibir, también le hace bien a quien puede dar.

Lo sé porque lo he vivido desde el otro lado: ayudar ha sido, de una forma u otra, mi profesión toda la vida, ya fuera como productora, ayudando a que otro creara lo que tenía en mente, o ahora como terapeuta, acompañando a gente en momentos difíciles.

Está bien dejarme ayudar. Dejarme querer así. Es lo más honesto y lo más real que puedo ser, hacia mí y hacia otros, sin culpa, sin vergüenza.

Aunque diciendo esto ya me río, porque sé que la culpa va a aparecer en algún momento. Todavía ni siquiera estoy operada y ya estoy pensando en esto, ya le estoy dando vueltas por dentro. Va a haber momentos de culpa, momentos de vergüenza, de no poder sostenerme sola y necesitar apoyo logístico, económico, emocional, físico. Lo sé.

Pero es parte de dejarme llevar, de lo que en inglés se llama surrender, y que en español sería algo así como rendirse, aunque no del tipo que pierde. Es más bien un: la lucha se terminó, ya está, puedo quedarme acá, y dejarme querer de la mejor manera que cada quien pueda.

Esta es mi lección de estas semanas. Y lo increíble es lo rápido que el cuerpo se adapta a lo que le está pasando, de una manera a la que la mente muchas veces todavía no llega. La mente llega después.


Dejo esta hermosa canción de Silvia Perez Cruz llamada "La Flor".






 
 
 

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